Durante muchos años trabajé en grandes multinacionales. Crecí, asumí responsabilidades, lideré proyectos. Fue un recorrido valioso, intenso y exigente. Y aunque durante mucho tiempo funcionó (y me gustó), en un momento algo empezó a desalinearse.
En ese momento de mi vida, el cuerpo hizo lo que yo todavía no podía hacer: frenar. Un accidente y una operación importante me obligaron a parar, literal y simbólicamente. A salir del piloto automático, a quedarme quieta y a escuchar preguntas que venía postergando hacía tiempo.
Ese freno marcó
un antes y un después.
Mi propio proceso de cambio profesional no fue rápido ni lineal. Me implicó revisar decisiones, soltar certezas y volver a construir con más conciencia, criterio y respeto por mis tiempos. Ese camino —profundo, incómodo y transformador— fue el inicio de todo lo que vino después.
